Gaslighting, ¿Algún Psicólogo en la Sala?

“El señor Manningham intenta por todos los medios volver loca a su mujer Paula (le esconde cosas, baja la intensidad de la luz, camina a escondidas por el desván…) para así poder buscar tranquilamente las joyas de su anterior esposa a la que asesinó.

Cada vez que Paula menciona alguno de estos cambios, su marido insiste en que está equivocada, pierde memoria y está perdiendo la razón.

Este es el argumento de la obra de teatro británica Gas Light (1938) que debe su nombre a las artimañas del señor Manningham respecto a la intensidad de las lámparas de gas: disminuía la intensidad de la luz, haciendo creer a su mujer que las lámparas brillaban con su intensidad habitual.”

De este contexto surge el término gaslighting (traducido al castellano como “hacer luz de gas”).

El efecto gaslighting

El gaslighting es una forma de abuso psicológico que consiste en la manipulación de la realidad o la información con el objetivo de confundir a la víctima llegando incluso a hacerla dudar de sus propias capacidades perceptivas o de memoria.

La realidad siempre es más confusa compleja que la ficción, por lo que este fenómeno no se nos presenta en nuestra cotidianidad con la misma claridad que en la obra de teatro. Esto provoca que cuando la víctima llega a ser consciente (y esto solo ocurre en el mejor de los casos), los daños emocionales ya han hecho mella. Nos resulta complicado detectar lo sutil y eso lo complica todo.

Para dar una vuelta más de rosca a la situación, el gaslighting no es siempre consciente e intencionado por parte de la persona que abusa como se nos muestra en la obra de teatro. En la realidad es frecuente que esto pase “sin querer” (como tantas otras cosas que pasando sin querer, nos destruyen).

Vamos a ver un poquito más…

¿Soy víctima del efecto gaslighting?

Una de las características que han podido ser identificadas respecto a las víctimas de gaslighting es el cuestionamiento constante de las ideas y emociones propias (“¿lo habré exagerado?”, “¿se me habrá olvidado?”, “¿soy demasiado sensible?).

Esta cuestión de la “sensibilidad” es muy característica. Si nos sometemos/nos someten a situaciones en las que de manera recurrente se nos hace ver que nuestras emociones son exageradas y  que “no es para tanto”, no es raro que lleguemos a reflexionar sobre esto concluyendo un “esto me afecta por mi culpa, soy demasiado sensible y he exagerado la situación”.

Cuando el gaslighting se produce en situaciones de pareja (y, lamentablemente, esto no es infrecuente) suele aparecer la excusa y la disculpa hacia familia y amigos por los comportamientos de la persona que abusa. Del mismo modo, aparece la mentira, de nuevo para justificar comportamientos “incorrectos” que los terceros observadores puedan identificar.

Otra de las señales de alarma del efecto gaslighting es la baja autoestima, la incapacidad para tomar decisiones y el sentimiento persistente de no ser lo suficientemente buena pareja/amistad/persona empleada…

¿Lógico, no? Si no me entero de lo que pasa, exagero y tengo una percepción equivocada de todo…¿Cómo voy a decidir nada?, ¿Cómo voy a ser lo suficientemente buena para nada?

El Gaslighting crea de confusión, incompetencia y miedo en la víctima.

                  

¿Cómo se evita el gaslighting?

Como para todas las cosas prevenir es siempre mejor que curar, por eso a lxs psicólogxs ( y a otros tantos profesionales) nos gusta tanto el término “factor de protección”.

Un factor de protección es una característica personal o del ambiente que amortigua los efectos negativos de una situación dada. Los factores de protección tienen la capacidad de disminuir la probabilidad de riesgo de las situaciones potencialmente peligrosas para nuestra salud y nuestro bienestar.

Un ejemplo cotidiano: Ante el potencial peligro de la exposición al sol, la crema solar actúa como factor de protección disminuyendo la probabilidad de que nuestra piel se dañe.

Vamos a ver algunas de las cosas que nos protegen del gaslighting:

  1. Ten presente: la emoción es siempre propia, siempre subjetiva y nunca cuestionable. A alguien le puede parecer que nuestra tristeza es desmedida, pero esa tristeza es nuestra y somos nosotros quienes le damos una medida o una valoración.

¿Conocéis a alguien que dejara de estar triste solo porque otro alguien le dijera “no estés triste”? Pues eso.

  1. Conoce y haz respetar tus límites personales. De nuevo volvemos aquí a hablar de asertividad (que es otra cosa que nos gusta mucho a lxs psicólogxs). Tú eres quien decide qué te gusta y que no, que consientes y que no y también eres tu quien tiene el poder para cambiar todas estas cosas. Aclara quien eres, fija límites y plantea una consecuencia para aquellas situaciones en las que alguien decida no respetarlos.
  1. Equilibra la balanza razón-intuición: para que algo nos disguste no es necesario que estemos acertados racionalmente, es una condición suficiente en sí misma. No estamos obligados a explicarla, razonarla y debatirla.

Cuando somos capaces de mantener un estado en el que nos sabemos dueños de nuestros pensamientos, respetamos en primera persona nuestros límites y hacemos a los demás conocedores de dónde están y además tenemos cierta confianza en nuestro sentido intuitivo para analizar situaciones, estamos protegidos. Del gaslighting y de tantas otras situaciones que siendo potencialmente dañinas para nuestro bienestar, podemos identificar, sortear y salir ilesxos.

¿Conoces alguna situación de gaslighting en tu entorno?

¡Te leeremos en los comentarios!

 

Sobre Carolina (Algún Psicólogo en la Sala) 31 Artículos
Psicóloga y Educadora Infantil. A mí sí cuéntame cuentos Cofundadora, administadora y creadora de contenido web en www.algunpsicologoenlasala.es

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