La Trump-a

Ya no es noticia de última hora, Donald John Trump es presidente de los Estados Unidos.

La llegada del empresario a la Casa Blanca ha sido -y es-  tema de cafeterías,  parques y oficinas durante los últimos días. Nadie se ha quedado al margen y, por supuesto, todos hemos sentido la necesidad de hacer saber al resto del mundo qué opinión nos merece la noticia.

Hay quienes dicen que en el proceso electoral estadounidense deberíamos haber participado todas y todos por la influencia del país en el resto del mundo y que eso habría dado lugar a un resultado diferente. También hay quien duda de la legalidad de su campaña política, dejando ver que es el dinero lo que ha hecho a Trump presidente. No podemos olvidarnos de quien opina que la victoria de Trump no es una verdadera victoria, sino el resultado del fracaso como líder de su oponente Hillary Clinton: no ganó porque lo quisieran, ganó porque no la querían a ella.

En todo este maremágnum de opiniones hemos encontrado el caldo de cultivo perfecto para abrir todo tipo de debates: el racismo, la xenofobia, el machismo, el capitalismo, los medios de comunicación, la corrupción… y podríamos seguir añadiendo temas porque, la verdad, nos ha dado para mucho.

Enseguida hemos relacionado la presidencia de Trump con el Brexit, el Brexit con el fracaso del proyecto Unión Europa, el fracaso del proyecto Unión Europea con la crisis de refugiados, el paro, la pobreza, el machismo, la desigualdad, la inmigración, las elecciones españolas, la independencia de Catalunya…

Hemos sentido que estaba pasando algo grande, algo grave, algo difícil de entender.Nos hemos sentido avergonzados, enfadados, apenados, preocupados, ofendidos, sorprendidos y justo después de todo este análisis, algunos, muchos algunos, hemos dicho:

«Bah…lo que pasa es que ese Trump es un loco, un narcisista. Es más, tiene un trastorno de la personalidad. Y también toma drogas. Tiene delirios de grandeza, es un violador, un pederasta, un asesino. ¿Y sus votantes? unos ignorantes, latinos sin estudios o millonarios sin escrúpulos.»

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Y caímos en la peor de las trump-as: el error fundamental de atribución.

El error fundamental de atribución es una de las leyes más importantes de la psicología social que explica nuestra tendencia a entender situaciones complejas aludiendo a características internas del actor de la situación. A confundir comportamiento con personalidad.

Vamos con un ejemplo sencillo:

Un conductor se salta un semáforo en rojo, conduce a gran velocidad y se abre paso a golpe de claxon.

Yo, que lo estoy viendo desde la acera, pienso: es un mal conductor/no sabe conducir/vaya imbécil.

Ignoro completamente la situación, la motivación del conductor. Es imbécil.

Ahora, volvamos a la escena electoral de los Estados Unidos:

Nos equivocamos cuando decimos que Trump ganó las elecciones porque es rico, líder o loco. También nos equivocamos cuando decimos que sus electores son racistas, xenófobos o incultos. Y no es que nos equivoquemos porque lo que digamos no tenga valor de verdad -yo no lo sé-, nos equivocamos por ser ciegos al factor situacional. El contexto social, económico, cultural, procesos de polarización, pensamiento grupal, los discursos políticos de odio y miedo, el poder de los medios de comunicación, las políticas internacionales, el comercio y un casi infinito etcétera configuran una escena en la que la salud mental de Trump y el nivel de estudios de sus votantes quedan en un segundo, aunque morboso, plano.

Si hacemos un esfuerzo por ver las similitudes entre el conductor imbécil y el presidente loco, podremos encontrar el error.

Ojalá. Ojalá hubiese ganado por loco.

 

 

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