La importancia del trabajo más allá del capitalismo, ¿Algún Psicólogo en la Sala?

Las personas sabemos de la importancia del empleo en nuestras vidas. Es curioso, incluso aquellas que todavía no han sido empleadas, valoran la actividad laboral como un elemento muy importante.

Necesitamos, al menos la mayoría, trabajar para asegurar nuestra calidad de vida, eso por descontado. Pero pasa algo interesante cuando planteamos la pregunta estrella: ¿trabajarías si no lo necesitaras para vivir? Y ahí llega la lista interminable de respuestas y las discusiones de bar, en las que el bando del SÍ intenta echar abajo las argumentaciones del bando del NO y viceversa.

Y tú, ¿de qué bando eres? ¿Eres más de “es que a mí me gusta mi trabajo” o de “anda que me iba a levantar si no fuera por lo que es”? También puede ser que seas un poco galician style y seas del mejor bando de mundo: “bueno, depende” 😉

Independientemente de vuestra elección, el trabajo es importante por más cosas de las que nos parece a simple vista. Vamos allá:

Los seres humanos hemos trabajado desde que el mundo es mundo. Al principio, como cualquier otro animal, el trabajo se reducía a asegurar alimento y un hogar. En ese momento, el trabajo no era algo distinto a mantenerse con vida. Poco a poco nuestras necesidades fueron haciéndose más complejas y, en consecuencia, también el trabajo.

Llegado el momento, motivos sociales y económicos hicieron que el concepto de trabajo se escindiera en: trabajo y empleo. Vamos, que complicamos la cosa, por si fuera poco mantenerse con vida, añadimos a nuestra lista de necesidades el empleo.

El trabajo es la medida o representación del esfuerzo físico o mental que el ser humano realiza para generar riquezas, producir bienes o prestar servicios.
El empleo es cuando por ese trabajo te pagan. Dicho fino: el trabajo es la actividad económica que una persona realiza, y el empleo, es esa misma actividad pero remunerada.

Por definición,  no deberíamos hablar de empleo sin contemplar la riqueza como su fin último, pero para poder analizar los otros elementos en juego, dejaremos el dinero en un segundo plano (que una vez al año no hace daño).

*Tú y yo dejando el dinero en un segundo plano*

« Trabajo para vivir, pero estoy vivo mientras trabajo».

  1. Ir a trabajar nos obliga a crear y mantener una rutina que nos ayuda a regular nuestro comportamiento. Pero también desarrollamos cierta flexibilidad, los planes nunca salen como se planean y no es cuestión de entrar en pánico al primer obstáculo a nuestra rutina.  La rutina es orden y el orden es uno de los protectores más potentes de la salud mental. Cuando ordenamos las tareas del día, estamos ordenando nuestro pensamiento y nuestras acciones poniéndolas en sintonía. ¿No te convence? Pues imagina la vida en un domingo eterno.

2. El lugar de trabajo nos coloca ante una situación de entrenamiento, incluso cuando la experiencia laboral es amplia. Los lugares de trabajo no son como los trabajos de ocio (aplauso al dato científico, por favor). En los lugares de trabajo las normas son diferentes por lo que también es diferente nuestro comportamiento: la postura, la vestimenta, la voz, la manera de relacionarnos e incluso nuestro razonamiento lógico.

La actividad laboral exige planificación, atención, memoria, percepción… ¡un gimnasio para mantener nuestro cerebro joven!

3. Para las personas que trabajan con otras personas, el trabajo es también una oportunidad de crear una nueva red social. A veces sucede que las personas que trabajan juntas crean un lazo de intimidad entre ellas, pero ni pasa siempre, ni es necesario, ni radica en eso la importancia de las redes sociales que se crean en el trabajo.

Las relaciones entre personas en un contexto laboral están provocadas y mantenidas por los objetivos mismos de la actividad laboral en sí. Pero resulta que a los humanos esas relaciones se nos dan fatal conceptualmente porque -¡oh, sorpresa!- tenemos emociones. Y allá vamos: una nos cae bien, el otro mal, otro nos gusta, otra nos mira, aquella es graciosa, aquella pesada, a este le tengo cariño, a este asco… En este aspecto emocional del trabajo es donde nacen las mejores y las peores experiencias laborales y es también donde crecemos y aprendemos a desarrollar las habilidades necesarias para mantener el equilibrio entre nuestras emociones y las exigencias del entorno.

4. Algo que nos iguala a los seres humanos es la necesidad de dotar de sentido a nuestras vidas y con frecuencia usamos la utilidad como medida para ello. Necesitamos ser útiles para algo o para alguien. Las carreras profesionales nos ayudan a construir ese sentido de utilidad.

 

Damos por sentado que la necesidad de trabajar responde a motivos económicos –y es verdad- pero solemos olvidar otras cuestiones importantes que generalmente explican la satisfacción o la insatisfacción laboral mejor que un sueldazo.

A partir de una cantidad de dinero -variable para cada persona y estilo de vida- los recursos económicos pierden la capacidad de hacernos sentir satisfacción, de alguna manera pierda el valor que le habíamos concedido. Si conoces a alguien que se sienta tremendamente insatisfecho en su puesto de trabajo, es probable que la solución no pase -al menos, únicamente- por un aumento salarial.

«¿No es tremendo? Estábamos en modo supervivencia hasta hace muy poco, la vida era dura y el mundo peligroso. Durante un tiempo, hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando mejorabas la higiene, las condiciones de vida, el acceso a la sanidad, veías que la satisfacción con la vida crecía. Llegado a un cierto punto, el impacto ya no es el mismo. Hay un techo a partir del cual ya no se es más feliz. A partir de ahí las personas necesitan otras cosas. Pensábamos que tener cada vez más dinero nos haría felices, pero no es así».

Elsa Punset

En nuestra carrera profesional y en nuesto puesto de trabajo ponemos en juego mucho más que una nómina. Nos ha tocado vivir un tiempo en el que el poder cegador de la nómina nos deja con una ceguera aguda para lo importante. No cronifiquemos nuestra ceguera.

Os deseo buena semana.

 

 

 

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