El síndrome del emperador, ¿Algún Psicólogo en la Sala?

En los últimos días ha sido notica una madre, finalmente absuelta, para quien la fiscalía pedía una pena de 35 días en beneficio de la comunidad, un año y seis meses de privación del derecho a la tenencia y porte de armas, y la prohibición de comunicarse con su hijo y de aproximarse a él menos de 50 metros durante medio año. El motivo: una bofetada que esta madre dio a su hijo como respuesta a una actitud desafiante.

La conducta de la madre, la actitud del hijo y la decisión de juez han generado titulares de prensa, opiniones públicas e incluso veredictos por parte de distintos profesionales de la educación. Uno de los términos más utilizados con relación a este suceso ha sido: síndrome del emperador.

Nuestro trabajo aquí no consiste en hacer juicios, valorar la decisión del juez ni posicionarnos. Nuestro trabajo aquí es el de aclarar conceptos y ¡Allá vamos!

El Síndrome del Emperador

Tenemos claro que todas las personas estamos en cambio continuo aun siendo este cambio imperceptible en cortos periodos de tiempo. Todas las personas cambiamos, todas las circunstancias cambian y la confluencia de todos estos cambios provocan y mantienen que nuestro entorno sea también cambiante.

Esto parece una obviedad, pero ojo: si ya sabemos que la inteligencia es una cuestión de adaptación y que la adaptación implica tiempo, podemos suponer qué ocurrirá cuando los cambios son tan rápidos que no dejan el tiempo necesario para que podamos adaptarnos a ellos. Exacto, nos volvemos medio tontos.

El entorno socioeconómico, las cuestiones laborales o la evolución en las tipologías familiares hacen que cada vez tengamos que enfrentarnos a situaciones más complejas para las cuales no tenemos herramientas necesarias. También es frecuente que tengamos las herramientas, pero no sepamos utilizarlas por falta del entrenamiento necesario.

Una de las situaciones que con más frecuencia se nos atascan últimamente es aquella en la que dentro del hogar, los roles jerárquicos se invierten y aquellos “destinados” a “obedecer” pasan a “mandar”. Esta cuestión plantea esencialmente dos problemas:

  1. Aquellos que pretenden el mando, no saben utilizarlo.
  2. Aquellos a los que se les arrebata el mando, no tienen estrategias para recuperarlo.

Este es el escenario en el que, en el peor de los casos, podemos hablar de “Síndrome del emperador”. Digo peor de los casos, porque la concurrencia de los problemas 1 y 2 no provoca, ni mucho menos, en todos los casos el conocido síndrome.

¿De qué hablamos cuando nos referimos al Síndrome del Emperador?

Varón, hijo único, entre 11 y 17 años y clase media-alta son las características que perfilan el prototípico “emperador”. Son niños impulsivos, carentes de culpa, que conocen a la perfección el “yo quiero” siendo malísimos en el “yo tengo que”.

Algunas características que se han descrito en relación con el Síndrome del Emperador, y que se presentan en la mayor parte de los casos, son:

  • Egoísmo exacerbado.
  • Baja autoestima.
  • Baja tolerancia a la frustración, la incomodidad y el aburrimiento.
  • Escasa habilidad para enfrentarse a los problemas del día a día.
  • Búsqueda de atención.
  • Incapacidad para asumir las normas.
  • Respuesta baja ante las figuras de autoridad.

 

Podríamos decir que estos pequeños emperadores son niños “mimados” que han encontrado en la violencia su herramienta más poderosa para manipular a sus figuras de autoridad.

Uno de los problemas asociados más recurrentes es el bajo rendimiento escolar o los problemas de conducta en el contexto escolar: no asumen las normas impuestas e intentan utilizar los mismos patrones destructivos que usan en casa.

En contextos profesionales clínicos, el Síndrome del Emperador recibe el nombre de Trastorno de oposición desafiante (TOD). En un artículo anterior hablamos sobre la controversia que existe alrededor de este tipo de categorías diagnósticas.

¿Cuáles son las causas del Síndrome del Emperador?

Esta nueva problemática ha sido ya objeto de estudio de distintas investigaciones que intentaban encontrar en la genética una respuesta al porqué del Síndrome del Emperador. A pesar de los intentos, todavía no hay una respuesta clara en este sentido. Hasta el momento todo apunta a que el origen de este síndrome se encuentra en variables psicosociales.

Más concretamente, se ha señalado que los cambios en el entorno laboral y social han tenido impacto sobre la cantidad y la calidad que las figuras de apego (padres, madres, abuelas y abuelos…) pueden pasar con las niñas y niños.

La traducción que podemos hacer de esto es que el ritmo de vida completamente acelerado que llevamos las personas adultas con menores a cargo hace que no tengamos el tiempo suficiente para dedicar a la crianza y la educación. Y allá va el bucle (ya véis que muchas cosas de las que nos causan problemas están relacionadas con círculos viciosos): como nos vemos obligados a pasar poco tiempo con nuestros pequeños, tendemos a la compensación ocasionando un estilo educativo culpógeno que favorece que consintamos y sobreprotejamos a los niños.

Después de esta retahíla de palabrejas, vamos a dejarlo claro con un ejemplo:

Abel tiene 10 años. Su madre, Bea, dirige una pequeña empresa y tiene un horario asfixiante que la obliga a levantarse antes que Abel.

Abel va al colegio acompañado de su hermano mayor. Cuando termina las clases come en el comedor del cole y va a actividades hasta las 7.Es frecuente que Abel ya esté durmiendo cuando Bea llega a casa.

Bea se siente fatal por no poder pasar más tiempo con Abel, siente que se está perdiendo muchas cosas e intenta aprovechar el poco tiempo que tiene para disfrutar con Abel.

Cuando están juntos van al cine, al parque o cualquier otro lugar a pasar un buen rato. Si Abel se porta mal, Bea tiene muchos reparos en llamarle la atención. No quiere que el poco tiempo que pasan juntos se convierta en un momento de riña. Sobre todo lo que evita es que Abel se enfade, las veces en las que esto ocurre se siente fatal. Bea está en una situación muy complicada, vive con mucho estrés y demasiado preocupada por ser cada día una mejor versión de sí misma. Cuando se siente triste la consuela pensar que, al menos, sus hijos tienen todo lo que quieren.

¿A qué podéis hacer un ejercicio de empatía con Bea y Abel? Bea y Abel no existen, no son personas que yo conozca, pero son con total seguridad perfiles comunes en estos días. Ni Bea, ni ninguna Bea que podáis conocer tiene la culpa de no encontrar espacio para la conciliación familiar. Este punto, la falta de conciliación familiar, es con seguridad una de las variables que mejor explica el Síndrome del niño Emperador.

Todo esto es una forma diferente de decir que detrás de los “emperadores” podemos encontrar problemas relacionados con el apego. Hace ya unos meses, Inés nos contaba algo sobre el apego y su importancia en el desarollo.

¡OJO! Apego no es querer mucho, es querer bien.

Son cosas muy diferentes que todas las madres, padres y demás cuidadores sabéis muy bien.

Con mucha ligereza, se suele culpar a las madres y a los padres cuando algo en sus hijas e hijos “no funciona”. Se les culpa por su permisividad, su falta de autoridad y su manera de hacer. Creo muy muy importante cambiar de una vez por todas la palabra “culpa” por la palabra “responsabilidad”. No os hacéis ni una idea del impacto negativo que puede llegar a tener decir a alguien: “es tu culpa“. Podemos utilizar “es tu responsabilidad” y bajar la carga emocional negativa del mensaje. Y, además, estaremos siendo más fieles a la verdad que conocemos: aunque los estilos educativos influyen en el desarrollo, las condiciones ambientales (sociedad individualista y consumista) también tienene mucho qué decir al respecto.

¿Y qué hacemos?

Los profesionales de la psicología, la psicopedagogía y la salud mental estamos de acuerdo en que es impresindible la educación para hacer adultos libres. Esto quiere decir adultos con habilidades sociales, capacidad para solucionar problemas, gestionar sus emociones, crear  vínculos afectivos…en definitiva: tener una calidad de vida que asegure que vivir valga la pena.

Para que la educación consiga estos resultados tan ambiciosos nunca pueden faltar las palabras: norma, límite y jerarquía. Todas las personas y más especialmente las personas pequeñitas (de edad, claro) necesitamos límites, saber qué podemos hacer y qué no, conocer nuestros derechos sin desatender nuestras obligaciones y sentirnos cómodos dentro de la cultura del esfuerzo personal y el respeto hacia los demás.

Más facil:

Aquí, en este mundo, las personas no estamos solas, estamos obligadas y necesitadas de convivencia con otras personas. Para poder tener éxito, necesitamos apreder, recordar y reaprender que “uno mismo” nunca es uno solo.

Otro día, veremos con más profundidad todos los quéhaceres a los que nos enfrenta esta problemática. Pero por hoy, es suficiente 😉

***Como siempre, mis disculpas si alguien se ha sentido fuera de las categorías “padre”, “madre”, “niño”, niña” y similares.

 

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